En la historiografía de los últimos años viene siendo frecuente la consideración del convento y del destino religioso para las mujeres del Antiguo Régimen desde una perspectiva positiva. El convento, lejos de su connotación negativa como lugar de encierro, aparece en esta línea interpretativa como el espacio en el que las mujeres pudieron evadir determinados roles sociales limitadores de su individualidad y sustraerse de la sexualidad y la autoridad patriarcal. En este contexto, la mística puede ser interpretada como una respuesta sublimada de la sexualidad femenina. En la dicotomía establecida desde la Baja Edad Media, entre amor místico y amor profano, amor bueno y amor sexual, el espacio religioso permitiría la creación-recreación de un amor bueno, liberado de una sexualidad que somete a la mujer porque la celebra como objeto de deseo y no como sujeto deseante. Mi lectura de la mística, aún partiendo de esta perspectiva positiva, se sitúa en un plano distinto, centrándose en un cuerpo, un cuerpo femenino, que desvinculándose de las condiciones de inteligibilidad del discurso sexual de la época, se constituye en herramienta de conocimiento, permitiendo construir y proyectar una imagen de autoridad y afirmación. El encierro en el convento, testimonio en sentido estricto de renuncia al mundo, se convierte paradójicamente en una forma de presencia destacada en él. Los escritos de Teresa de Jesús, la gran mística del XVI español, figura inscrita por sus propios contemporáneos en una genealogía de grandes santas del Occidente católico (Santa Brígida, Santa Gertrudis, Santa Catalina de Siena, Santa Ángela de Foligno) constituyen la base del presente análisis que atiende a la transformación de sujeto marginal en sujeto insurgente.