Generalmente estudiado a partir de su conmemoración en la capital del país, el Centenario de la Independencia mexicana fue pensado por las autoridades de la época como la posibilidad de una afirmación del poder personal y centralizador de Porfirio Díaz, poder para entonces fragilizado. Se trataba de presentar ante la mirada internacional una nación fuerte, unificada y moderna, cuya capital México constituía la principal, sino la única vitrina. Por esta razón las festividades del Centenario de la Independencia organizadas en las grandes ciudades del resto del país no fueron muy estudiadas por los historiadores, quienes se enfocaron básicamente en los festejos capitalinos. Si bien es cierto que los festejos conmemorativos planeados en las ciudades de provincia reprodujeron, a grandes rasgos, lo que se organizó con más brillo en la capital del país, el estudio cuidadoso de los discursos que enmarcaron la organización de dichos festivos en provincia representa sin embargo una perspectiva analítica nueva e importante. "Descentrando" la mirada desde la capital hasta las ciudades secundarias, se da la posibilidad de acercarse no sólo a la manera en la que las élites locales percibieron las conmemoraciones de 1910 y su alcance simbólico, sino su relación con el poder porfiriano y el proyecto de nación en general. En esta perspectiva la organización de los festivos conmemorativos en la segunda ciudad del país ofrece un campo de observación sumamente interesante al historiador, enfrentándolo a un discurso contradictorio sobre la integración a la nación así como a una serie de tensiones culturales y políticas fuertes entre la capital del país y la del Occidente mexicano, que fueron tantos presagios del estallo revolucionario.